"Todo por mi sueño" - 17: Innato


Pincelada tras pincelada, suspiro tras suspiro, Lidia flotaba en silenciosa comunión con aquel lienzo, y poco a poco, un rostro conocido nacía de ella. No lo pensó, no planificó lo que iba a hacer, simplemente tomó el pincel y el resto sucedió como en un trance.
Había estado hora y media esperando el pedido que había hecho a la artística, una eternidad que la separaba de aquella imagen que había soñado de sí misma, ensimismada frente a su propio atril en su cálido atelier.
No gastó mucho dinero y necesitaba hacerlo, necesitaba saber si su augurio y deseo era correcto, reafirmar su pasión, ponerse a prueba.
Al terminar su obra se alejó para apreciarla y no pudo más que llorar de alegría. El rostro de Mauricio la observaba desde el lienzo, con su mirada optimista y su elegante adultez.
Dominic tenía razón: estaba lista para ir más allá.


Toda esa tarde, mientras le daba forma a sus sueños sobre cada lienzo que había comprado, pensó en él y en toda la gente que estaba haciendo posible lo que tanto deseaba. Quiso reunirlos a todos, abrazarlos, agasajarlos, darles las gracias. También pensó en su padre, en su falta de apoyo, su desconfianza, su desamor.

Amor. Lidia acababa de entender el amor.

Como una ráfaga de aire fresco que espabila, el amor golpeó su pecho mostrándole que siempre había estado ahí, y tenía más de mil rostros.

Aquella noche, luego de una suculenta cena de rotisería que decidió merecer, se fue a la cama con una gran sonrisa, y luego de apagar la luz pero no sus soñadores ojos, tomó el teléfono y le envió un mensaje a su madre: “Voy a hacer que te sientas tan orgullosa de mí, que sentirás que estas en puntas de pie en un escenario todos los días de tu vida.”

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