008 Santos - XXIII: Vida y muerte


Daniel, ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó Melina al llegar a la comisaría. Aún no era la hora del relevo y no esperaba cruzarlo después de lo ocurrido. Si bien había recibido mensajes suyos, había preferido no responderlos; no quería que Daniel pensara que estaba dispuesta a tener una relación con él.
Daniel tampoco estaba muy cómodo de tener que cruzarse con Santos, no sabía si Melina le había comentado algo y no tenía ganas de escuchar ningún tipo de sermón de su parte.
Pues, mi hermano me ha llamado de urgencia porque Nadia se puso de parto. ¡Mi sobrino ya viene!
—¡Oh, al fin algo bonito para celebrar! Santos, creo que tendríamos que llevarles un presente, ¿no te parece?
—Sí, sí, claro. En la mañana puedes ir a comprarlo y se lo haremos llegar.
Santos respondía como un robot sin sentimientos, estaba serio y con la mirada perdida.

Melina estaba preocupada por él, así que ignoró completamente a Daniel y llevó a Santos a los archivos con la excusa de asentar algunos datos. Al llegar se puso frente a él y le dijo:
A mi no me engañas. Tú no estás bien y nada tiene que ver con tu salud. Estoy harta de que no me cuentes nada, Santos. ¡Suéltalo ya!
Santos reaccionó al tono imperativo y serio de Melina y la miró a los ojos. Sintió que realmente estaba siendo injusto con ella al ocultarle lo que estaba pasando, pero no sabía cómo empezar.
Está bien, te lo contaré todo, pero cuando lleguemos a casa.
—Espero que así sea y que no vuelvas a mentirme. He sido tolerante con tus secretos, está bien que quieras tenerlos, pero a la vez me duele que no confíes en mí. ¿Sabes que puedes contar conmigo, verdad?
—Lo sé, lo siento. —dijo Santos y le dio un fuerte abrazo. Mientras estaban así, Melina notó que Santos temblaba un poco.
Pues nos vamos ahora, cenaremos algo rico y hablaremos.

Melina dejó que Santos mantuviera el silencio en el camino a casa. Supuso que lo necesitaba. Al llegar le preparó una bañera con unas sales relajantes que Cintia le había regalado y lo invitó a disfrutarla mientras ella se encargaba de la cena.
Melina, no es necesario todo esto, me siento como un idiota.
Eres menos tierno que un ladrillo, Santos. Quiero hacerte sentir bien, eso es lo que hace la gente que se quiere. Tú lo has hecho también por mí, ¿por qué no te dejas querer? ¡Relájate un poco! —exclamó Melina frunciendo el ceño. Santos obedeció con tal de no enfurecerla. Sabía que Melina tenía de cariñosa lo mismo que de terca, era una mujer con carácter que no dejaría de gritarle hasta que hiciera lo que le estaba pidiendo.
Melina preparó tacos de pescado, algo que a Santos le encantaba. Recordaba haberlo escuchado decir varias veces que era uno de sus platos favoritos.
Mientras cenaban, Santos iba buscando las palabras para contarle todo a Melina y ella simplemente esperaba que él eligiera el momento de comenzar a hablar.
Cuando faltaban dos bocados para vaciar su plato, vio que Santos solo había comido una porción y jugaba con la segunda. Entonces lo escuchó decir:
He estado viéndome con alguien.
Melina lo miró expectante, dejó su tenedor a un costado y terminó de masticar el último bocado mientras retiraba su plato hacia un rincón vacío de la mesa. De todas las cosas que Santos podría haberle contado, esta era la que más deseaba; pero a la vez pensaba que el relato no terminaría bien y no quiso mostrar emoción alguna.
¿Quieres café? —le preguntó.
No. Solo quiero contarte esto de una vez.
Se había puesto serio y parecía decidido. Melina se quedó en silencio.
¿Recuerdas a la mujer que acompañé hasta su casa un tiempo atrás? Pues, ella.
Santos hizo una pausa y ante el silencio de Melina decidió seguir con su relato.
La cosa es que tuvo que irse a una ciudad vecina por unos asuntos legales y ya no respondió mis llamados…
Melina cambió su expresión. No le gustaba la idea de que hagan sufrir a Santos.
¿Pudo haber cambiado su número o simplemente estar fuera del área de cobertura? —dijo intentando hacerlo sentir mejor.
Pues, quise pensar eso en un principio y me aferré a la idea de volver a verla en algún momento. Pero esta tarde… —Santos apretó los labios y los puños y sus ojos comenzaron a brillar. Melina no lo veía así desde hacía tiempo, algo lo estaba afectando demasiado.
Santos, ¿estás bien?
Santos afirmó con la cabeza, se tomó un momento para volver a respirar normalmente y continuó:
Esta tarde me enteré que ha muerto.
¡Por Dios, Santos! ¡Lo lamento muchísimo! —exclamó Melina y se incorporó para abrazarlo. Pero Santos la detuvo, la miró a los ojos y dijo:
Ha muerto hace 42 años.


Melina se quedó mirándolo a la espera de una explicación. ¿Había escuchado bien?
Acercó su silla para poder sentarse frente a él y asintió con la cabeza para indicarle que continuara.
En la biblioteca, mientras buscábamos en las noticias necrológicas, he visto su foto y su nombre: Caterina Avellaneda. Murió en su casa por una supuesta lesión en el intestino que hizo que se desangrara, según el informe médico. Su familia también murió en un accidente mientras vacacionaba en Granite Falls, dos días antes de que lleguemos aquí.
Santos… —comenzó a decir Melina, pero no supo cómo seguir. No lograba digerir lo que estaba escuchando.
No lo entiendes, ¿verdad? —le temblaba la voz y se esforzaba por hablar—. Melina, Caterina podría ser nuestra asesina, está muerta y me he enamorado de ella... —Y finalmente lloró como no lo hacía desde que había perdido a Soledad.
Sentía miedo, impotencia, confusión, sus creencias se derrumbaban. Cassandra había dicho que el asesino estaba bajo tierra y Santos se había burlado de eso y de todos los demás que defendían su teoría; pero haber estado en brazos de una mujer que figuraba en los archivos necrológicos, una mujer que ahora tendría más de 60 años, lo hacía sentirse pequeño, ignorante y pusilánime.
Melina sólo atinó a abrazarlo e intentar reconfortarlo, pero lo cierto era que, por más creyente que fuera, no lograba comprender lo que estaba sucediendo.


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