008 Santos -XXI: Secretos

Luego de que Cassandra se despidiera dejando sus extraños presagios, Javier cumplió con el encargue de ir a la morgue en busca de pruebas para demostrar la inocencia o culpabilidad de Ariel. En el camino iba tomando coraje para enfrentar nuevamente a Florencia de la forma más adulta y profesional posible.
-¡Adelante!- gritó Florencia ante los golpes de Javier en la puerta.
-¿No tienes miedo de estar aquí sola con la puerta sin bloquear? ¿Sabes que hay un asesino suelto, verdad?- dijo al entrar en modo de chiste. Intentaba aplacar los ánimos del pasado con una tímida sonrisa a modo de tregua. No había tenido una mejor idea en el corto trecho de la comisaría a la morgue.
-¿Crees que se atrevería a meterse conmigo?- respondió Florencia mientras dejaba todo lo que estaba haciendo para ir en busca de café, sin mirar aún a la cara a Javier.
-He venido por lo de Ariel...-
-Lo sé, busca por donde quieras, sólo intenta no romper nada.-
Ambos se mantuvieron en silencio mientras Javier revolvía hasta en el último rincón buscando algo. En forma física no pudo encontrar nada y también el ordenador estaba limpio. Quizás habían dejado pasar demasiado tiempo.
-Pues, nada, tendré que ir a su casa. Espero no haber molestado demasiado.-
-Haces tu trabajo, Javier. Solo vete ya si has terminado, ¿sí?-
Javier fue hacia la puerta con la vista en el suelo y la cara roja, pero se detuvo a mitad de la escalera, tomó coraje y finalmente preguntó:
-¿Quieres que hablemos con un café un día de estos?-
Florencia dudó un momento y luego respondió con un firme "Lo pensaré".
Javier fue entonces a la casa de Ariel, que permanecía cerrada desde el día del múltiple crimen de la familia que la habitaba. Buscó en cada cajón, en las cajas del ático y hasta tanteó maderas flojas en el piso buscando escondites secretos y no encontró absolutamente nada. Todo indicaba que esa cámara y esas fotos eran la única evidencia del caso... y sólo tenían las huellas de Antonio.
-Detective, aquí no hay absolutamente nada más que humedad y olores extraños. Si quiere puede venir a corroborar, pero no he dejado un rincón sin revisar.- dijo al teléfono.
-De acuerdo, Javier, hablaremos con Ariel mañana y tomaremos una decisión. Ve a tu casa directamente si quieres, me quedaré a esperar el relevo de tu hermano.-
-No se preocupe, Detective, debo volver a buscar algunas cosas que dejé allí, lo esperaré yo.- dijo Javier. A pesar de haberle dicho a Daniel que no lo cubriría con sus desmadres, era su hermano y no quería verlo en esa situación.


Durante la cena, ante la insistencia de Melina y su real preocupación, Santos simplemente alegó estar cansado. Detestaba la idea de que sintiera lástima por él si se enterara que finalmente había vuelto a enamorarse pero de una mujer que ya no respondía sus llamados. Tendría que sentirse mejor en algún momento, sólo tenía que fingir hasta convencerse él mismo de que todo estaba bien.
Melina, por su parte, no tenía pensado contarle a Santos sobre su encuentro con Daniel, quería tomar una decisión por si misma lejos de los consejos de padre aburrido que Santos le daría si lo supiera.
-Bien, pues si sólo estás cansado, tómate una tarde de descanso.- dijo Melina, concluyendo la conversación y levantándose de la mesa. No quería sonar ruda, así que se acercó a Santos, besó su frente con ternura y le deseó buenas noches mientras le daba un fuerte abrazo.
Por la mañana vendrían algunos expertos en busca de huellas en la casa, así que ambos se fueron a la cama temprano. Pero Santos, a diferencia de Melina, no durmió plácidamente. En sus sueños perseguía a Caterina por calles oscuras y al intentar tomarla del brazo éste se volvía una espesa niebla. Caterina lloraba, lloraba y corría, parecía que quería que Santos la alcance pero una fuerza mayor la obligaba a alejarse de él. Se despertó varias veces y en una de ellas hasta le pareció verla observándolo a los pies de su cama. Finalmente optó por levantarse aunque aún fuera de noche y salir a correr.
Cuando Melina entró a su habitación en la mañana y no lo encontró en su cama, supo que, sea lo que sea que a Santos le estuviera sucediendo, comenzaría a sanar ahora. Sabía que correr era para él un mecanismo de purificación, lo hacía cada vez que necesitaba dar vuelta la página y asumir algo. Lo esperaría con un rico desayuno antes de la llegada de los expertos, le haría bien.
-Huele a Bownies y café... ¿acaso estoy muriendo y te preparas para decírmelo tiernamente?- preguntó Santos al llegar. Traía buen semblante.
-Eso mismo, te quedan tres meses y necesito que me incluyas en tu testamento. Siempre he querido tu colección de postales. Ve a bañarte que esto estará listo en seguida.-
Mientras desayunaban, Melina intentó hacerlo reír lo más que pudo. Sólo ella y en la intimidad tenía el privilegio de sacarle una sonrisa a aquel viudo serio y profesional que todos creían conocer y juzgaban como aburrido.
Media hora después los expertos llegaban para devolverlos a la triste realidad.



-¿Qué tal la noche, hermano? ¿Te has sentido bien?-
Javier llegó temprano a cubrir a Daniel como el día anterior. Pese a que Daniel se sentía mejor para cumplir con su guardia, aún tenía un poco de fiebre. Quizás había decidido ir de todas maneras para no tener que hablar con Santos.
-Estoy bien, Javier. Ahora tomaré la medicina, me daré un buen baño y me meteré en la cama. En la noche ya verás que estoy curado. Viviana hace una sopa milagrosa.-
-Me alegra escucharlo. Dile que estoy agradecido por cuidarte.-
-Claro, se lo diré.-
Santos y Melina llegarían más tarde ese día, así que Javier decidió desayunar en la comisaría como hacía antes. Después de todo era como su segundo hogar.
Unos minutos más tarde Florencia llama para confirmar que los restos de sangre de la cuchilla se corresponden con la sangre de las últimas cuatro víctimas.
-Gracias, Florencia, se lo diré al detective apenas llegue.-
-De acuerdo. Oye, Javier, he pensado que ese café no nos vendría mal, pero prefiero dejarlo para más adelante si te parece bien.-
-Claro, siempre hay tiempo. Me alegra escuchar eso.-

Apenas una hora antes del mediodía finalmente Santos y Melina dejan su casa para ir a la biblioteca. Los expertos no habían podido encontrar nada, no había huellas en ventanas ni puertas más que las de ellos dos. En el camino Santos bromeó con el hecho de que los fantasmas no dejaban huellas pero a Melina no le causó gracia.
-¿De verdad crees la historia de Cassandra, Melina?- Santos se puso serio de golpe al ver la seguridad con que Melina defendía esa teoría.
-Ni creo ni dejo de creer, prefiero simplemente no reírme de eso, Santos.-
-Entiendo. Supongo que has tenido en algún momento una experiencia de ese tipo, ¿no es así?-
-Pues la verdad es que sí, pero ahora no estoy dispuesta a contártela porque te reirás de mí.-
Melina apartó la vista y la posó sobre unos árboles lejanos. Santos hizo silencio y así siguieron, sin hablar, hasta llegar a la biblioteca.

La biblioteca de Windenburg era un edificio extremadamente antiguo, de los primeros en construirse en la ciudad, pero muy bien conservado. Por fuera uno podría confundirlo con una pequeña iglesia por sus característicos ventanales.

Su bibliotecaria desde hacía 25 años era Elsa Beramendi, una mujer robusta y demasiado risueña para estar en ese puesto. Quizás no era así y simplemente se puso eufórica al recibir la visita de Santos y Melina luego de años de soledad allí dentro, quién sabe.
Elsa los condujo directamente a los ordenadores, donde guardaba un registro personal de acontecimientos desde tiempos inmemoriales.
-Señorita Beramendi, ¿cómo es que consiguió todos estos recortes de periódicos? Muchos no son de esta ciudad.- preguntó Santos sorprendido.
-Es un pasatiempo, Detective. Verá, tengo muchísimo tiempo libre aquí, la gente de Windenburg ha dejado de leer hace décadas. Mis tareas aquí se remiten a conservación y limpieza. Un día se me ocurrió ponerme a escribir para matar el tiempo pero no tenía muchas ideas, entonces comencé a buscar noticias fuera de lo común para inspirarme. Por aquellos años Internet aún no era cosa de todos los días, así que comencé a escribir cartas a los periódicos de ciudades vecinas para que me hicieran llegar sus ejemplares...-
-Ya veo...- exclamó Santos, atónito frente a tamaña base de datos. Algunos artículos incluso tenían fechas muy antiguas.
-Elsa, ¿de casualidad tiene también las noticias necrológicas?- preguntó Melina, pensando en lo que había dicho Cassandra.
-Sí, claro, aunque debe tener en cuenta que no toda muerte es publicada en un periódico.-
Elsa guió a Melina al otro ordenador y le indicó dónde buscar, luego se retiró para que puedan trabajar tranquilos.
Cuando estuvo lejos, Melina se acercó nuevamente a Santos.
-Santos, ¿qué es lo que buscamos?- le dijo susurrando.
-Lo que sea, Melina, lo que sea.-








Comentarios