008 Santos - XIX: Justicia

-No puedo creerlo. Esta mañana lo noté nervioso cuando comenté que iríamos la colegio, ahora entiendo por qué dijo que no confiara en lo que dijeran los alumnos.-
-¿No podemos hacer nada, verdad?-
-Desgraciadamente no, hay que esperar a que las víctimas se presenten y a tener algo sólido.-
-Les he dicho que vinieran esta misma tarde, espero que tengan el coraje.-
En la mañana, mientras Santos y Javier estaban en el colegio y Daniel dormitaba en su escritorio, Florencia fue a ver a Ariel a su celda. Confiaba en su inocencia, pero aún no podía demostrarla, quizás sí podría demostrar que no era el asesino pero no que él no había tomado las fotos ni era parte del juego enfermo de su fallecido asistente.
-Florencia, a pesar de todo, me alegra que seas tú quien tome mi lugar.- dijo Ariel.
-Me cuesta verte en esta situación, Ariel, no quiero creer lo que me han dicho sobre ti.-
-Es que no es cierto, pero yo también quiero atrapar a ese desgraciado asesino y estando aquí el detective se siente más seguro.-
-Creo que él tampoco te cree culpable ya de eso, pero aún queda el tema de la necrofilia...-
-¿Tú piensas que sí estoy involucrado en eso?-
-Quiero creer que no, pero tampoco yo tengo pruebas de que no hayas sido tú el que tomó las fotos. Limpiaste la escena del crimen, pudiste haber puesto sus huellas en la cámara...-
-¿Sabes qué es lo que más me duele? No tener la confianza de nadie en este lugar.-
-No digas eso. Creo que todos estamos abrumados por lo que está sucediendo y tenemos que hacer sacrificios en busca de la verdad. Al menos queremos creerte... yo quiero creerte.-
-¿Qué será de mí cuando salga si eso sucede? Esta mancha jamás se quitará, no podré volver a mi trabajo. ¿Sabes lo que siento cada vez que recuerdo haberme acostado con un necrófilo?-
-Lo entiendo, Ariel, pero ya verás que saldrás de eso. Afuera hay gente que te quiere y lo superarás... yo...-
Florencia se acercó a Ariel y puso su mano en su hombro. Llevaba años sin verlo pero aún no olvidada sus noches compartidas en la universidad. Sinceramente no creía nada de lo malo que le habían dicho sobre él.
-Florencia...-
-No te he olvidado, Ariel. Nunca entendí por qué dejamos de vernos...-
Por la tarde, los alumnos del profesor Jiménez se presentan para hacer finalmente la denuncia formal. Javier hizo que llenaran los papeles correspondientes y escuchó nuevamente sus experiencias para elaborar la denuncia. Esa tarde no pudieron ubicarlo para arrestarlo, quizás se había dado cuenta de lo sucedido y estaría escondiéndose.
-Si mañana no se presenta en el colegio, habrá que alertar a la comunidad y salir a buscarlo.- afirmó Santos.
-De acuerdo, detective. ¿Y qué hacemos ahora?-
Santos miró a Javier y dijo: -Supongo que esperar a que se haga justicia... ¿te has puesto a pensar que este mal nacido entra en el patrón?-
Javier se alarmó, no lo había tenido en cuenta.
-¿Cree que el toque de queda no lo frenará?-
-Creo que solamente tendrá más cuidado. Sólo hemos ganado tiempo, pero seguimos sin saber nada de él. Excepto que el profesor Jiménez es una probable víctima y si ponemos el ojo sobre él, quizás demos con el asesino.-
-El problema es que ahora no sabemos dónde está el doctor Jiménez...-
-Exacto. Y por eso voy a tomarme una doble taza de café.- dijo Santos rendido.
A medida que el caso avanzaba, Santos había llegado a empatizar un poco con el asesino. Si bien su trabajo consistía en buscar siempre la verdad y la justicia, no podía negar que en el fondo creía que el asesino hacía lo mismo. Hasta ahora todas sus víctimas tendrían que haber estado entre rejas y en el caso del doctor Jiménez, hasta deseó un poco que el asesino lo encontrara antes que él. Javier lo notó al verlo tomar café tan alienado de la realidad y no era capaz de contradecirlo, porque él también tenía el estómago revuelto al ver a esos adolescentes sufrir el acoso de esa manera.
Santos no sólo se sentía desganado por eso, sino que aún pensaba en Caterina. Esperaba volver a verla algún día en mejores circunstancias.
Ese día solo dejaron pasar la tarde entre papeles viejos que no aportaban nada nuevo a la investigación. Santos se retiró temprano y Daniel llegó más tarde para cumplir con su turno de la noche.
-Ey, hermano, adivina...-
-¿Qué es esa cara que traes? ¿Ganaste la lotería?-
-No, no, nada de eso. Es que esta mañana antes de ir a casa pasé a ver si Melina necesitaba algo...-
-No me digas que...-
-Pues sí, que ya te había dicho yo que iba a caer en algún momento.-
-El detective va a matarte.-
-Quiero ver que lo intente... Melina es una mujer adulta y puede hacer lo que quiera. ¿Quién es él para prohibirle algo?-
-En eso tienes razón, pero tú no tienes buenas intenciones con ella. Esto no va a terminar bien y te advierto que no voy a salir en tu defensa.-
-No va a pasar nada, hermanito, no estoy haciendo nada malo.-

Cuando Santos llegó fue directo a su habitación a desvestirse. Pensaba comer algo y dormir todas las horas que pudiera, intentando mantenerse ajeno a lo que sucedería afuera con el doctor Jiménez. Por un lado sentía que estaba faltando a su deber, pero era la primera vez que le estaba costando tanto resolver un caso y eso venía ya desgastándolo desde hacía rato, así que prefirió pensar que inconscientemente lo estaba haciendo a propósito. El asesino tenía un motivo, sus víctimas no eran inocentes y a pesar de que algunas de ellas no merecían la muerte por lo que habían hecho, Santos sabía que las buenas personas no corrían riesgo alguno y eso lo ayudaba a desprenderse de la culpa.
-¿Ya te sientes mejor? Tienes buena cara.- le dijo a Melina mientras buscaba algo para comer.
-Estoy mejor, si- respondió ella -, me ha hecho bien el descanso supongo-
-Me alegra oír eso. Me temo que mañana tendremos mucho trabajo. ¿Te sientes tan bien como para ir?-
-Creo que sí. Ya veremos mañana cómo amanezco.-
Melina esquivó varias veces la mirada de Santos intentando ocultar lo sucedido con Daniel esa mañana y Santos no lo notó, porque a su vez intentaba esquivar la mirada de Melina tratando de ocultar su tristeza por Caterina.
Carla salió esa noche a pesar del toque de queda. Había quedado con un joven de San Myshuno que luego de tratarla de mojigata por no querer acostarse con él, se había negado a acompañarla hasta su casa.
Al pasar por debajo de uno de los puentes cercanos a la comisaría, se percató de que alguien la seguía y quiso correr.
-Yo no lo haría si fuera tú. Ya sabes que puedo lastimarte.-
Al reconocer la voz se paralizó.
-Profesor, por favor, ya déjenos en paz.- dijo casi sin fuerza en la voz. Estaba muerta de miedo.
-Ya sé lo que hicieron. ¿Acaso no les dije que se quedaran callados y todo estaría bien? Yo sé que lo disfrutan. Sé que Pablo se excita cuando me masturbo frente a él, a Paula y a ti les encanta tocarse para mí. ¡Son tan sucios como yo!-
-¡Eso no es cierto! ¡Usted irá preso y pagará por lo que hace!-
El doctor Jiménez se acercaba lentamente a Carla mostrándole una navaja.
-Si gritas o te mueves no salvaras a nadie. Tengo a tus amiguitos en mi casa esperando por ti, vendrás conmigo. Pero antes me darás una cosa...-
Al acercarse e intentar tocarla, Carla quiso defenderse, pero el profesor la golpeó fuertemente en la cara. Luego la obligó a quitarse la ropa y abusó de ella, mientras repetía que la vida de sus amigos estaba en peligro si ella no se quedaba quieta. Carla obedeció, tenía mucho miedo.
-¡Qué bien se siente! No me digas que no te gusta... Sé que lo disfrutas, zorra, mira cómo estás mojada... A Paulita le gustará también, voy a acabar en sus tetas y a desvirgarle el culo a tu amiguito gay... Quédate así quietita y sólo será eso, no me obligues a hacerles algo peor...-
Cada palabra dolía tanto como los hechos. Carla perdía su inocencia a manos de un enfermo.
Luego de vestirse, Carla aprovechó un descuido para echarse a correr. Mientras se alejaba escuchaba sus advertencias, debía llegar rápido a la comisaría y salvar a sus amigos.






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