"Todo por mi sueño" - 8: Sábado.

-¡Mierda!-
Más de 4000 simoleones acusaban las facturas recibidas por Lidia esa mañana.
Al mudarse a esa casa no tuvo en cuenta su tamaño, ¿cómo pudo pensar en que sería capaz de mantenerla? Tendría que buscar alguna manera de acelerar las cosas, necesitaba dinero rápido.
Por suerte para ella, Baako seguía en la ciudad y volvió a llamarla.
-Hola, cariño. Esta tarde vuelvo a San Myshuno, pero quisiera volver a verte antes de irme. ¿Qué tal si te espero frente al restaurante italiano?-
-Claro, cielo, ahí estaré- dijo Lidia. Debía conseguir al menos 3000 simoleones antes del vencimiento de las facturas y si era posible un poco más para abandonar los cereales con zumo.

-Cariño, ¿sabes?, me ha gustado mucho lo que hicimos la otra vez. ¿Crees que podamos repetirlo en el parque que hay a una cuadra de aquí?- le preguntó Baako cuando llegó.
-Claro, cielo, para lo que gustes aquí estoy- respondió Lidia sensualmente.
Lidia comenzó a caminar hacia el parque mientras Baako la seguía unos metros detrás. En el parque, junto a una medianera de arbustos, había un banco de cemento. Si algo le excitaba a Lidia más de la cuenta era la incomodidad o incluso lastimarse un poco, un raspón, una quemadura por fricción, toda "herida de guerra" era bienvenida. Un banco rígido y áspero era un buen apoyo para sus rodillas o su espalda, sabía que la incomodaría y eso le encantaba. Al llegar hasta allí miró a los lados asegurándose de que no hubiera nadie, se quitó la ropa aún de espaldas a Baako y se inclinó sobre el banco ofreciéndole de lleno sus caderas candentes.
-¿Es esto lo que quieres, cielo? - dijo.
Baako se acercó a ella y comenzó a tocarla mientras de su boca sólo salía su agitada respiración y de vez en cuando algún sonido lujurioso. Luego la penetró de forma brusca y repitió su nombre varias veces hasta caer rendido y satisfecho entre sus piernas un rato más tarde.

-Lola, vendré por ti cada vez que esté en Newcrest. Eres fuego, me encantas.-
-Aquí estaré para ti, sólo llámame.-
Aunque Baako le haya dado los 700 simoleones que correspondían, tampoco era suficiente para pagar las facturas e inevitablemente, unas horas después, Lidia se quedó sin luz. Con el poco dinero que tenía tuvo que comprar algunas velas para poder moverse por la casa y eso la dejó con menos dinero del que tenía cuando llegó.
Días después nadie llamaba y tampoco había conseguido ningún cliente ocasional en el bar y de pronto en un momento descubrió, al querer darse un baño, que también el agua se había ido por falta de pago.
En ese momento se le vino encima toda su mierda y cayó en la cuenta de lo que estaba viviendo. Intentó refrescarse un poco en la piscina pero no funcionó muy bien, los químicos del agua empeoraron su higiene unas horas después.
Esa noche se fue a dormir con los ojos llenos de lágrimas, no quería llamar a nadie para pedir ayuda, debía hacer esto sola, pero se le estaba haciendo muy difícil.
Por la mañana, luego de desayunar los cereales de cartón a los que ya se había acostumbrado, pensó en empeñar algunas cosas para conseguir dinero. Mauricio no se molestaría, sólo sería como un préstamo y bastaría con unos pocos. Pensó primero en el televisor del living, pero podría serle útil en alguna ocasión así que se decidió por el ordenador. Al fin y al cabo podría navegar también a través de su teléfono si hiciera falta. Con su empeño y la venta de alguna que otra cosita pequeña de la casa, pudo al fin pagar las facturas y darse un baño de forma decente.
-No sabía que alguna vez en mi vida valoraría tanto un baño caliente...-dijo en voz alta aunque estuviera sola. Tendría que devolverle los objetos vendidos a Mauricio apenas pudiera y para eso debía conseguir nuevos clientes pronto.
En el instante en que se disponía a ir a dar una vuelta por el centro recibió una llamada de Victor.
-Oye, Lola, hoy es día de peña. Estoy almorzando en una parrilla en las afueras con unos amigos y se me ocurrió que podríamos ir a visitarte. Les hablé de ti y quieren conocerte. ¿Te animas a recibirnos?-
-Uy, cariño, me asustas un poco... ¿son muchos?- preguntó Lidia.
-¡Jajaja! No te preocupes, linda, solo queremos tomarnos unos tragos contigo. Tú decides qué hacer después.-
-Eso me gusta, ahora sí que estoy entusiasmada por verlos. Pueden venir cuando deseen.-
Lidia suspiró y sonrió frente al espejo. Quizás ese día podría conseguir bastante dinero o al menos se haría conocida entre los amigos de Victor. Debía mostrarse impecable y cautivadora, dar todo de sí.
Victor llegó acompañado de tres hombres maduros y un adolescente, hijo de uno de ellos. Entre los maduros se encontraba Esteban, a quien ya había conocido en el antro su primer día en Newcrest. Mientras bailaban un poco y se conocían, Lidia se animó a decirles que no necesitaban usar nombres falsos con ella y con un poco de alcohol encima, el tal Esteban resultó llamarse Dominic. Él fue quien inauguró la fiesta, ya que aquella vez en el bar se había quedado con las ganas porque Lidia había elegido a Victor.
Dominic era un poco tímido a pesar de su tamaño, pero después de unos minutos con Lidia sobre él, viendo sus pechos moverse y escuchándola gemir, se dejó llevar aún sabiendo que sus amigos estaban a metros suyo atentos a lo que hacían.

Al terminar con Dominic, Lidia decidió bajar desnuda al living. Debía aprovechar a conseguir dinero aunque eso significara acostarse con todos. Comenzó entonces a bailar desnuda, no sabía hacerlo muy bien realmente, pero fingió estar un poco borracha para disimular.
-Sí que es bella, Victor, tenías razón.- comentó Rubén y se mordió los labios mientras se llevaba la mano a la entrepierna y comenzaba a tocarse a través de la ropa viendo a Lidia. Cuando ella lo vio caminó hacia él y le dijo: -Ey, déjame eso a mi cariño, ¿vamos arriba?-
Lidia le indicó a Rubén que entrara por la puerta de la izquierda al subir las escaleras. Estaba casi segura de que le gustaría lo que encontraría tras ella.
-Cuando todos se vayan quiero quedarme contigo.- dijo Rubén al terminar.
-Claro, cielo, me encantaría.- respondió Lidia. Amaba la sala roja, la encendía aún más y Rubén era un hombre interesante.

Unos minutos después todos se despidieron y Rubén, como había dicho, se quedó para una segunda vuelta. Como estaban solos, Lidia le ofreció ir un rato a la piscina. Hacía buen clima y sol y, aunque fuera otoño, el patio de la casa estaba climatizado en su totalidad.

 -Demonios, me quemas Lola, ardes por dentro y por fuera. Creo que voy a enviciarme contigo.- exclamó Rubén entre jadeos llegando al climax y se perdió dentro de ella dejando escapar un grito de inmenso placer.

Antes de irse dejó 1000 simoleones en el sillón junto a la imponente desnudez de Lola Montez.

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