"Todo por mi sueño" - 4: Día uno.

Mauricio no se quedó hasta muy tarde, debía ir a una reunión importante a la mañana siguiente, así que Lidia durmió sola esa noche. A pesar de saber que contaba con Mauricio y de haber pasado con el un agradable momento, cuando el silencio la absorbió se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. No lograba tener un sentimiento único al respecto porque, a pesar del miedo y la incertidumbre sobre su futuro, también estaba emocionada por probar la independencia. Lidia era ahora fuego y tormenta, un cúmulo de sensaciones revolucionadas que hacían chispas entre sí.
Le costó bastante conciliar el sueño a pesar del sexo con Mauricio y de haberse masturbado antes de acostarse, pero finalmente cayó rendida, más por cansancio psicológico que físico.
Despertó cerca de mediodía con un hambre atroz. En la heladera sólo había yogurt, leche, zumo de naranja y algunos cereales en la alacena. Tendría que conformarse por ahora, los 1000 simoleones que le había dado su madre no serían eternos.

"Saben a cartón" pensó, pero al menos olían bien y calmaban sus tripas.
Luego hurgó en el bolso de ropa que había traído y se vistió con intenciones de dar una vuelta por la ciudad. En la corta media hora que su padre tardó en llevar a su hermano a un compromiso sólo pudo cargar algunas prendas, pero al menos había visto de nuevo a su madre antes de irse para contarle que estaría bien, dejarla tranquila y darle un abrazo.
Newcrest era una ciudad pintoresca y primaveral, a pesar de que el otoño estaba ya muy avanzado. Su flora perenne y colorida hacía de sus calles y parques lugares alegres y sus canales hacían que el sonido del agua sea un constante arrullo para el trajín de la vida diaria. Lidia pasó la tarde recorriendo sus rincones y conociendo gente y al caer el sol regresó para comunicarse con Mauricio.
 -¿Vienes a cenar? ¡Qué bueno! Creía que no nos veríamos hasta el próximo fin de semana. Pero mira, la heladera está un poco vacía aún...-
-Pasaré a comprar algo antes de ir, no te preocupes.-
Mauricio era muy buen cocinero, estaba acostumbrado a estar solo y en su momento, en lugar de ir por el camino fácil de la comida a domicilio, buscó entretenerse para no pensar en el accidente de sus padres tomando su lugar dentro de la casa. Así es como se convirtió en jefe de hogar y amo de casa, un ser completo e independiente. Estaba un poco cansado así que esta vez no se esmeró mucho, pero al menos Lidia cenó algo caliente.

-Hoy puedo quedarme a dormir, pero me iré antes del mediodía. Tengo un almuerzo importante. Puede que done una de mis propiedades para la creación de un hogar de ancianos.-
-¡Eso es maravilloso, Mauri!- exclamó Lidia y por dentro algo se le retorció. Ese hombre que la excitaba tanto y era tan honesto y bondadoso no lograba enamorarla y ella tampoco a él. A veces creía que estaban pagando algún pecado del pasado y por eso no podían tener una relación normal como el resto de la gente.
-He venido a que me desees suerte- dijo Mauricio mientras colocaba su mano debajo de la camisa de Lidia erizándole la piel.
-Sigue tocándome y no te dejaré volver.-
-Soy yo el que no te dejará hacer nada hoy... y empezaré por quitarte la ropa-
Lidia se incendiaba con cada palabra y acción de Mauricio cuando no podía moverse. El mismo miedo a estar indefensa y expuesta frente a él era lo que la hacía temblar de placer sin siquiera ser tocada. La sala roja era su perdición y por esa noche, volvió a olvidar las circunstancias que la habían llevado hasta allí.

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