Todo por mi sueño - 3: Fuego

Mauricio era dueño de varias propiedades que tenía en alquiler. Sus padres habían fallecido en un accidente de avión cuando él tenía 22 años y había tenido que hacerse cargo del negocio familiar a la fuerza. Su oficina inmobiliaria se encontraba en el edificio frente al colegio, ese mismo que Lidia veía desde la ventana de su salón de clases.
Actualmente Mauricio no tenía ninguna de sus propiedades desocupadas ni podía ofrecerle a Lidia ningún puesto de trabajo en su oficina, ya que no estaba desconforme con su secretaria ni ella merecía perder su puesto sólo por un capricho.Tampoco tenía intenciones de que vivieran juntos.
-Li, mira, sólo queda un lugar en el que podrías quedarte hasta que puedas desenvolverte sola, pero no sé si te sentirás cómoda allí. Supongo que entenderás por qué no puedo permitirte que te quedes en mi departamento.-
-Claro que sí, Mauri, tampoco quiero quedarme y lo sabes. Si hablas del lugar que estoy pensando, no tengo problemas con eso.-
-Pues, no se diga más entonces, en la noche te acompañaré. Ahora debo irme a la oficina, hoy es día de cobros. Te dejaré una copia de mi llave por si tienes que salir e intenta no incendiar la cocina, ¿si?- dijo Mauricio sonriendo.
-Descuida, veré televisión y no haré nada más. Que tengas una mañana tranquila, Mauri.- respondió Lidia y lo abrazó tiernamente - Gracias por todo.-
En la noche Mauricio y Lidia fueron hasta Newcrest, a poco más de una hora de camino. En el tiempo que llevaban viéndose habían visitado ese lugar de manera frecuente, generalmente los fines de semana. Lidia había cambiado varias noches de discoteca por estar con él.
Ninguno de los dos era exclusivo del otro, ni siquiera se les había cruzado por la cabeza serlo, por el contrario se contaban sus experiencias individuales y hasta un par de veces se habían metido en la cama de un tercero juntos. Lidia había experimentado muchísimas cosas con Mauricio desde aquella primera vez en que estuvieron juntos.
Un tiempo atrás se había enterado a través de su psicólogo de que probablemente sufriera de ninfomanía. Lidia rió un poco ante el diagnóstico, no creía ser ninfómana, sólo se sentía libre al explotar su sexualidad y había encontrado al compañero perfecto. Aún no sabía si su psicólogo le había comentado algo a sus padres sobre eso, pero lo suponía por la actitud de su padre de compararla siempre con una prostituta.
Al llegar Lidia abrazó a Mauricio y le dijo al oído:
-Ya que estamos aquí...-
-Me vas a matar un día, ¿lo sabes, no?- respondió Mauricio.
-Anda, tú te relajas y yo me ocupo. Luego no podré verte por varios días y tendré que arreglármelas sola.-
-Conocerás a mucha gente aquí, no tienes por qué estar sola.-
-¿De verdad me lo permites?-
-¿Desde cuándo te prohíbo algo?-
-Lo digo porque esta es tu casa, tu propiedad y no quiero abusarme-
-Oh, no te preocupes por eso. Siempre que no te encuentre viviendo con 5 hippies de verdad y la casa hecha un chiquero, no habrá problema.-
-Eres un cielo y mereces todo lo que te haré en un momento.-
La casa en la cual Lidia se establecería no era una casa convencional. Pasados sus treinta, Mauricio había conocido a una mujer con gustos extravagantes que lo había arrastrado al oscuro mundo de la tortura, aunque nunca se animó a llegar al extremo en el que ella se desenvolvía. Tiempo después comenzó a adquirir ciertos elementos que ella le había mostrado, aunque se mantuvo en un punto en el que el daño físico era casi nulo y utilizarlos sólo era parte de un inocente juego.
-Pon algo de música, cariño, que hace frío aquí y hay que calentar el ambiente- dijo Lidia al entrar.
Lo siguiente fue besarlo y perderse a si misma. Cuando Lidia se excitaba perdía el control y ya nada importaba más que el constante y rítmico movimiento de sus caderas, el fuego en su boca, la tensión en sus muslos y sus manos. Lidia era fuego hecha persona y podría derretir un cubo de hielo solo con la mirada.

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