"Todo por mi sueño" - 2: Alas.

Mauricio era para Lidia algo más que un amante.
Cuando comenzó la escuela secundaria su salón de clases tenía vista a la calle. Desde allí, durante tres largos años, vio a Mauricio llegar en su lujoso auto a las oficinas del edificio de enfrente.
A sus 13 lo comparó con su padre como modelo de hombre y jefe de familia, a sus 14 comenzó a imaginarlo desnudo con un poco de vergüenza y a los 15 descubrió por primera vez la combinación explosiva entre Mauricio, su entrepierna y sus manos.
Desde ese día Lidia se dio cuenta de que había todo un mundo por explorar en materia de sensaciones con su cuerpo. Cada vez que pensaba en él mientras se duchaba, imaginaba sus manos rozando su cuerpo, su boca en su cuello, su miembro entre sus manos. En las noches, cuando se aseguraba de que su hermano estaba dormido al otro lado del cuarto, deslizaba su mano debajo de su ropa interior para darse placer en silencio y el leve sonido del roce de las sábanas con su cuerpo que la hacía temer despertarlo la excitaba aún más.
Cuando finalmente aquella tarde de octubre se animó a hacerse notar desde la ventana del colegio riendo un poco fuerte, sintió que la mirada de Mauricio le atravesaba el pecho y bajaba hasta sus muslos a inundarla de placer. Aquel hombre que podría ser su padre había despertado en ella algo que jamás se volvería a dormir.
Mauricio resistió lo más que pudo a la tentación de involucrarse con una adolescente de 16 años, hasta el día en que la encontró en la puerta de su casa con esa diminuta minifalda que llevaba como uniforme. Y fue así que Lidia perdió su inocencia a manos del hombre que ya se la había robado hasta en sueños.
El hambre de Lidia fue creciendo con el tiempo, hasta el punto de probar todo tipo de experiencias con él, como si nada llegara a satisfacerla por completo. Mauricio seguía siendo el disparador de todas sus fantasías, pero Lidia era insaciable y él no podía seguir siempre su ritmo.
Nunca hablaron de amor, quizás ni ellos sabían si lo sentían o no, lo cierto es que su relación tenía todo tipo de matices y todos eran buenos.
Así que Lidia, ante su reciente emancipación obligada, corrió en busca de su ayuda como era de esperarse.
-Mauricio, ¿dónde estás?, necesito hablar contigo.- dijo Lidia al teléfono con un tono preocupado.
-¿Qué sucede, Li? ¿Estás bien? Estoy en mi departamento ahora, acabo de llegar de la oficina. ¿Quieres que te busque en algún lugar?-
-Búscame donde siempre, por favor. Allí te espero.-
A pesar de ser un hombre adinerado, Mauricio era de gustos sencillos. Siempre impecable pero no del todo extravagante ni ostentoso. Su departamento era un lugar cálido y moderno que parecía desentonar con su estilo de hombre de negocios, pero es que en las noches y los fines de semana Mauricio se convertía en un joven de veintitantos al que le gustaba tirarse en el sillón a ver la serie de moda, como a todo el mundo.
-Cuéntame, Li, ¿qué sucede? ¿Por qué esa cara?-
-Pues, resumiendo, acabo de irme de casa porque mi padre cree que soy una ramera hippie y no tengo dónde ir.-
-¿Qué dices? ¿Cómo que te fuiste de tu casa?- exclamó Mauricio.
Lidia le contó todo lo acontecido con su padre y le pidió ayuda. Sabía que Mauricio no le daría un sermón al respecto sino que sería tan dinámico como de costumbre.
-Pues mira, cariño, hoy te quedas aquí y mañana ya veremos. Veré si tengo alguna de mis propiedades desocupadas aunque no recuerdo ninguna libre en este momento. Ahora relajémonos un poco, ¿quieres ver una película?.-
-La cabeza me da vueltas, no creo que pueda concentrarme. ¿Qué tal si mejor me das un abrazo y algunos besos?- dijo Lidia en un tono pícaro.
-¿Y qué tal si me los das tu a mí?- replicó Mauricio y la rodeó con sus brazos. -Verás que todo sale bien, Li.-
Lidia no toleraba tenerlo tan cerca sin tocarlo por mucho tiempo. Mauricio lo sabía y estaba dispuesto a dejarse llevar como tantas otras veces.


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