008 Santos - VII: Tres son multitud.

-Disculpe señorita, he venido a comentarles algo respecto a mi marido. No sé si les será útil pero he estado pensando...-
Cristina sorprendió a Melina concentrada en unos archivos.
-Disculpe?-
-Perdón, no quise interrumpirla.-
-Está bien, perdone, solo no noté cuando llegó y no entendí lo que dijo.-
-He venido a decirles algo sobre mi esposo, me recuerda? Soy la mujer... la viuda de Rodriguez.-
-Oh, sí, lo siento, Cristina, ¿verdad? El detective Santos no está disponible, pero puede decirme a mi lo que sea.-
-Verá, es que hace un tiempo descubrí que mi esposo me engañaba y unos días antes de su muerte estuvo recibiendo muchas llamadas telefónicas que lo ponían muy nervioso. He estado pensando en que quizás su amante podría haberlo amenazado o su esposo, no lo sé...-
-¿Está segura de eso? ¿Sospecha o sabe quién era su amante?-
-No, realmente no me imagino quién puede ser. Aunque quizás la haya conocido en la "Posada del barrio viejo", solía ir allí cada vez que discutíamos.-
-De acuerdo, señora Rodriguez, es muy amable al traernos esta información. Nos hace falta realmente.-
-Lamento no haberlo hecho antes, supongo que aún no logro ver las cosas claras. ¿Si recuerdo o averiguo algo más puedo hacérselo saber?-
-Claro que sí, todo lo que pueda decirnos es importante para nosotros.-


-Antonio, ya te he dicho que no comas nada aquí dentro. Puedes contaminar algo.-
A Ariel le costaba creer que su asistente sea capaz de saborear algo rodeado de cadáveres y formol. Si bien él no era delicado, eso le parecía un poco extremo.
-Lo siento Ariel, es que se me ha hecho tarde para desayunar.-
-Pues la próxima vez me avisas, desayunas tranquilo y luego vienes, que tampoco hay tanto para hacer por aquí.-
Antonio era un hombre de facciones fuertes y estilo anticuado. Al verlo y tratarlo uno podía jurar que era un hombre mayor con la inocencia de un niño, como si su cuerpo hubiese envejecido pero jamás hubiese pasado el tiempo en su cabeza. Uno podía imaginárselo en un bar en los años `40 hablando con otros señoritos de la alta sociedad y peinado a la gomina o de lustrabotas a la salida. Aún vivía con su madre, su hermana y su sobrina, de hecho alquilaban una casa que le pertenecía a Ariel en la cual estaba instalada la morgue. Hacía sólo un par de semanas que Ariel le había pedido su ayuda, que básicamente constaba de mantener el lugar limpio y aireado, pero ahora su trabajo era realmente interesante con lo que estaba sucediendo en la ciudad.
-Me ha dicho el Detective Herrera que se ha cruzado contigo en la cafetería.-
-Pues sí, nos hemos conocido. Es un hombre apuesto y muy interesante por cierto.-
-Antonio, acaso tu eres...-
-Pues realmente no lo sé, jamás he salido de casa. Me apena contártelo pero supongo que de todas maneras te enterarías.-
-¿No has tenido nunca una pareja?-
-Nunca. Ni perro que me ladre. Así que he empezado a dudar... ¿cómo puedo saber si me gustan las salchichas o las almejas si en toda mi vida solo he comido arroz?-
Ariel no pudo evitar la carcajada, a pesar de todo parecía que Antonio lo tomaba bastante bien.

Cuando Santos decidió amanecer, Melina le contó lo que le había dicho Cristina y le pidió permiso para salir un poco. No había estado durmiendo bien, le estaba costando demasiado adaptarse la gente de Windenburg. La noche anterior, al entrar al hotel, había escuchado a uno de los presentes decirle por lo bajo "citadina insulsa". No terminaba de comprender cuál era el problema de toda esa gente con el hecho de que ella haya nacido en San Myshuno.
-No debes pedirme permiso para eso, Melina, sólo avísame y nada más. Ve a tomar un poco de sol de la mañana, te hará bien. Te esperará un buen café a tu regreso.- dijo Santos -Más tarde veremos cómo continuar con la investigación.- Melina lo notaba de muy buen humor últimamente, mientras ella cada día se sentía peor. De cierta forma su sonrisa la ayudaba a mantenerse calma, así que no iba a hacer preguntas al respecto. Era raro ver a Santos sonreír, sobre todo después de la muerte de su amada esposa. Fuera lo que fuera lo que lo ponía así, Melina esperaba que siga sucediendo.


Mientras tomaba un poco de aire en la plaza frente a la comisaría, esperando así aliviar un poco su dolor de cabeza persistente, se encontró con Cintia.
-¡Señorita Melina! ¿Está en su día de descanso?-
-Claro que no, no hay de esos días en mi trabajo. Sólo huí por un momento.-
-La comprendo bien, yo tampoco tengo descanso en el mío, la gente no elije cuándo enfermarse, ¿verdad?-
-Verdad. ¿Cómo es que lo tolera tan bien? Se la ve radiante, si me permite decirlo.-
-Son los beneficios de amar lo que uno hace, señorita. Debería usted pensar en eso cada vez que se encuentre a punto de explotar. Mire, allí viene mi amiga Fernanda, trabaja en un laboratorio científico, ¿me permite presentársela?-
-Claro, ¿por qué no?-
Melina no estaba segura de que haya sido una gran idea haber salido, pero Cintia le caía bien y decidió darle una oportunidad.
Mientras charlaban, el teléfono de Cintia comenzó a sonar.
-¡Por Dios! Lo siento, me entretuve, estoy en camino ya.-
-¿Llegas tarde?- preguntó Melina -Lo siento, ¿puedo tratarte de tú?-
-¡Claro que puedes! Llego tarde, si, pero no sólo es eso. Me informan que han llamado a una ambulancia por un cadáver que encontraron en el muelle... Melina, quizás deberías volver...-
Y el dolor de cabeza regresó.

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